¿Por quién votar en las próximas elecciones de Costa Rica?

Friday, January 31, 2014 - 15:15

Probablemente ese título no sea la mejor forma de comenzar un artículo sobre el más reciente proceso electoral en Costa Rica, pero definitivamente tiene una ventaja: me pone por fuera de la supuesta objetividad científica con que algunos analistas avanzan sobre la política. No es ese mi caso, pues justamente y a pesar de estar ahora en Pittsburgh, estoy seguro de que el resultado de estas elecciones va a determinar en gran medida aspectos de mi vida concreta, y no sólo de la mía, sino de la del resto de los y las costarricenses.

Lo primero que habría que puntualizar es que esta no es una elección más, no es otra vez ese desfile de títeres y de sombras que se repite en Costa Rica cada cuatro años y que permite el cambio presidencial con un objetivo fundamental: que nada cambie realmente. Estamos en los hechos, y espero que no se me acuse de nada por esta afirmación grandilocuente, frente al proceso electoral más importante desde 1948, cuando un fraude electoral llevado a cabo por la coalición gobernante hizo explotar una guerra civil, que terminó por redefinir el régimen en Costa Rica a través de una Asamblea Constituyente y el consiguiente recambio institucional. Ojo entonces, que todo lo que está en juego no es menor, la última vez que enfrentamos tanta contradicción en la vida nacional se resolvió el problema a los golpes: hubo más de 2000 mil muertos en un país que para aquel entonces contaba con 800 000 habitantes. Que cada quién haga sus números.

Regresando al presente, pero conservando en la memoria lo antes dicho, el eje fundamental de los problemas nacionales actuales es que todo el régimen institucional producto de la Constituyente del 48 (intacto en su ser esencial) ya no se articula correctamente con lo real nacional, en otras palabras, hay un desfase entre Estado y Nación, y este desfase de cuando en cuando suelta algún coletazo violento.

Quizás el descontento generalizado de las masas no tuvo una expresión real hasta el año 2000, en que el presidente de turno, un neoliberal a prueba de todo, intentó infructuosamente vender al mejor postor al Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), una de las instituciones claves, que permitió el contrato social entre clases que marcó toda la vida nacional durante la segunda mitad del siglo XX.

La respuesta a la oleada privatizadora estalló sin cada nadie lo esperara y distintos sectores sociales, liderados por las y los trabajadores organizados del ICE, llevaron adelante una proto insurrección popular que hizo tambalear al gobierno y que lo obligó a echar atrás la venta de las instituciones públicas.

Así, lo que se comenzó a conocer como el Combo del ICE instauró a nivel nacional una lógica social que no termina de expresarse aún: las reivindicaciones populares se hacen en la calle, con métodos de lucha popular. En Costa Rica, desde el 2000, todo el mundo protesta en la calle contra el gobierno, la calle es el espacio de la democracia real y ese corrimiento del ejercicio democrático ha dejado a las instituciones vacías. Nadie cree en el Presidente, nadie cree en el Congreso, nadie cree en los Tribunales. Las instituciones de Costa Rica están en ruinas.

Ahora bien, todo el descontento popular que no ha dejado de manifestarse desde el 2000 –de hecho en 2012 hubo 781 protestas el pico más alto en los últimos 19 años– se está aglutinando en estas elecciones de 2014 alrededor de la candidatura de José María Villalta, un joven abogado de 36 años, quién aún ocupa el único puesto en el Congreso para un diputado de izquierda. ¿No es una contradicción fascinante? El único diputado de izquierda del Congreso está agrupando a su alrededor a cientos de miles de personas y tiene posibilidades reales, concretas de acceder al poder. En Costa Rica, a diferencia de otros países latinoamericanos, ese hecho implicaría quitarle, arrancarle, el poder político a la clase hegemónica económicamente, a los ricos, en palabras sencillas.

La campaña del miedo no ha tardado en aparecer desde todo sitio y lugar. Se acusa a Villalta de ser chavista, de querer destruir la inversión extranjera (el capital transnacional que produce sin pagar impuestos en Costa Rica), de ser anticlerical, de querer romper las tradiciones, de intentar destruir la familia… en fin todas las ideas absurdas que surgen de aquellos espacios que ven amenazadas su formas de vida en medio de la marejada del cambio social. Hasta las filiales nacionales de compañías como Avon y Subway han distribuido volantes informando del peligro que representa el joven congresista candidato del partido Frente Amplio.

Quizás la acusación más violenta que se le hace a Villalta es a través de la palabra prohibida: comunista.

Frente a esta marejada de inculpaciones Villalta ha tomado el camino de la centro izquierda. Ha dicho que no promoverá una Asamblea Constituyente, que no tocará el capital transnacional ya instalado en el país, que hará reforma tributaria pero sin ningún tipo de expropiación, que no legalizará el aborto ni el matrimonio igualitario y que su objetivo es regresar a los valores que hicieron grande a la Costa Rica del Estado de Bienestar. Es decir, que su objetivo es regresar al pasado. O dicho de otro forma, que su objetivo es lidiar con la inequidad socio-económica costarricense usando las actuales instituciones del régimen.

Mi criterio es que estas ya prontas elecciones nacionales no pueden ser leídas desde el prisma de los personalismos, más bien debe observarse con detenimiento cuáles son las fuerzas reales que se mueven como placas tectónicas por debajo del actual proceso electoral. Si dejamos de hacer esto, de hacer una evaluación concienzuda de los factores objetivos que convergen en esta elección, podemos caer en la trampa de las emociones y los fervores temporales.

Costa Rica es un país de 4 millones de habitantes donde al menos 1 millón viven en pobreza y de éstos 336 000 lo hacen en pobreza extrema, lo que significa que ni siquiera son capaces de alimentarse sin sufrir desnutrimiento. Mi opinión, aún a riesgo de parecer extrema, es que ninguna forma de Estado que ha permitido que tantos hombres, mujeres y niños sufran de hambre crónica, merece ser rescatada, la condena debe ser total.

Por esto, y si la política es comprendida desde la obligación moral de decir siempre la verdad, es que no puedo votar por José María Villalta, porque su plan de gobierno no contiene la tarea fundamental que debe ser llevada a cabo para transformar efectivamente al país: una Asamblea Constituyente. Además no puedo votar por Villalta porque yo creo con firmeza que los derechos de las mujeres y de las personas sexualmente diversas no son negociables, el aborto y el matrimonio igualitario deben ser una realidad en Costa Rica ya.

Finalmente, yo no puedo votar por José María Villalta porque yo no le tengo miedo a la palabra comunismo, al contrario, el hecho que sea la palabra prohibida en la política costarricense actual no hace más que despertar en mí un interés desmesurado, porque la mayoría del tiempo las prohibiciones se ejecutan en contra de las verdades. El comunismo es innombrable en Costa Rica justamente porque nombra una verdad: la del límite de las actuales formas de organización socio-económica.

Si de verdad tenemos como meta la transformación real de la sociedad costarricense debemos salir en la búsqueda de aquellos y aquellas que no se han amedrentado por la campaña del miedo de los ricos, en búsqueda de aquellos y aquellas que han dicho con verdad que Costa Rica necesita ya una Asamblea Constituyente, en búsqueda de aquellos y aquellas que quieren que el país deje de ser enclave del capital transnacional y que defienden nuestra autodeterminación económica, en búsqueda de aquellos y aquellas que no negocian con el conservadurismo podrido costarricense y que defienden sin pelos en la lengua los derechos de las mujeres y la comunidad sexualmente diversa.

¿Dónde están estos costarricenses? ¿Quién no se ha dejado intimidar por las voces de siempre, por los miedos de siempre? ¿Quién hizo suya la voz de la libertad total?

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